martes, 25 de septiembre de 2007
Las caras de la "verdad"
Haciendo limpieza de todo el material académico del año pasado, me topé con un papelito que contenía una serie de titulares de un periódico francés, Le Moniteur Universal. Las cabeceras correspondían al mes de marzo de 1815, coincidiendo con la fuga de Napoleón de la isla de Elba y su regreso al poder. La evolución en el tono del mensaje impulsa a uno confiar en la objetividad periodística, elemento sagrado, insobornable e invulnerable a los cambios en el poder. O mejor dicho, en su imposibilidad.

"El monstruo escapó del lugar de desembarco" (9/3/1815).

"El ogro ha desembarcado en el cabo Juan" (10/3/1815).

"El tigre se ha mostrado en Gap. Están avanzando tropas por todos lados para detener su marcha. Concluirá su miserable aventura como un delincuente en las montañas" (11/3/1815).

"El tirano está ahora en Lyon. Todos están aterrorizados por su aparición" (13/3/1815).

"El usurpador ha osado aproximarse hasta 60 horas de marcha de la capital" (18/3/1815).

"Bonaparte avanza a marchas forzadas, pero es imposible que llegue a París" (19/3/1815).

"Napoleón llegará mañana a las murallas de Paris" (20/3/1815).

"El Emperador Napoleón se halla en Fontainebleau" (20/3/1815).

"Ayer por la tarde su Majestad el Emperador hizo pública su entrada en las Tullerías. Nada puede exceder el regocijo universal" (22/3/1815).



 
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domingo, 23 de septiembre de 2007
Autoterapia de sindrome posvacacional
Nostalgia y resignación. Con estas dos palabras, maldiciendo al paso irrefrenable del tiempo y al calendario me he levantado esta mañana de domingo, oficialmente el último día de mis vacaciones. Preparo el material y ordeno mi cuarto,inevitablemente abocado a convertirse en un caos de hojas y libros en las próximas semanas. Mientras tanto, escucho música, canciones sueltas (los micrófonos y otras perlas estivales) que me recuerdan momentos de mi embriaguez veraniega, que se esfuma ante la inmediatez de una realidad no deseada. Del presente. También observó a mi fondo de pantalla, esa vista del Louvre, con su pirámide y sus joyas pictóricas, para mi casi todas las del mundo. Y me observo a mi. Me miro al espejo y ya veo el otoño. Soy otoño. La caída irrefrenable de las hojas, el manto dorado depositado sobre el suelo. Resignación y nostalgia.

Me doy cuenta que tan siquiera recordar los felices momentos me ayuda a asimilar del todo esta transición. Son pasado. Y el pasado, pasado está. Paso revista a las fotos, pequeño fragmentos de memoria contenida en un pedazo de papel. Miro las caras, mi rostro y veo a otro, a un extraño. Al ser de mi ser que he dejado en alguna parte. Al yo que abnega de su futuro y vive en aquel presente. Al pasado yo que quiero hacer volver en mi ahora, en este presente. A la ilusión, el optimismo, la despreocupación. La armonía total. Mi combustible vital.

Hoy, en plena crisis energético-anímica particular, busco alternativas para hacer sostenible mi felicidad veraniega. Ideas que aparezcan cual bombilla encendida llenándome de luz. Tampoco sin pasarse, sin llegar a iluminado. No quiero ser líder de ninguna secta ni comercial de una empresa bombillera. Simplemente deseo tranquilidad.



Se que lo que pido era antes posible pero ahora no. Con el cambio, la vuelta a la rutina (menuda paradoja) solo me quedan dos cosas: Resignación y nostalgia. Pero que narices! Pensándolo mejor, ¿de qué me sirve quejarme?Al fin al cabo me gusta lo que estudio y con quien lo estudio. Se que a veces me llevo algún que otro revés, pero por lo demás todo me va de maravilla. Al menos hasta el momento.

Por eso toca cambiar. Cuando mañana me encuentre en el bus con los de siempre a la misma hora de siempre y hablando de lo mismo, no pienso hablar con nostalgia y resignación de mi verano, simplemente porque esos inolvidables recuerdos merecen ser rememorados como se merecen: con una sonrisa en mi poca. Sigueré siendo verano, de espíritu perenne para ser inmune al Otoño, al cambio, a la rutina y a todo lo que no me deja vivir tranquilo.La resignación y nostalgia quedarán colgadas en mi armario de la ignominia. Las sustituiré por otras dos, más luminosas, alegres y vitales: Esperanza y optimismo.

 
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miércoles, 19 de septiembre de 2007
Patrias en lugares ajenos
Me encanta viajar a lugares cosmopolitas. Rincones del mundo, donde el color no es un estigma que separa lo propio de lo ajeno. El nosotros y ellos. Me siento cómodo al andar por las calles de esas ciudades, como uno más, confundido entre gentes tan distintas, de tantas culturas diferentes diluyéndose permanentemente en armonía en un mismo todo: la humanidad. Es un extraño sentimiento, percibir en la pura multiculturalidad el poder ser ya no solo de cualquier nacionalidad, sino de una única universalidad. Nuestro aparente origen por un momento deja de tenerse en cuenta.

Puedo hablar sin desconfianza con cualquiera, sin sentirme extranjero, pues mi acento no tiene nada en particular:seguramente será igual de distinto que el de todos los demás. En ocasiones incluso dejo de ser un turista enmascarado en la multitud, porque empiezo a pensar a comportarme como uno de allí. Frecuento los mismos lugares, doy trascendencia a pequeños detalles. Dejo atrás el escaparate de monumentos para internarme en el corazón de la ciudad. Para escuchar su latido. Es entonces cuando uno descubre verdaderamente cómo son los lugares. Su esencia. Su magia. El ritmo que sigue, el tesoro que esconde. Y es que, como dice el tópico, lo importante está en el interior.

Se establece un vínculo entre ese lugar y yo. Al irme dejo allí un pedazillo de alma y el en mí algo de su espíritu. De alguna manera nos complementamos. No creo poder entenderme sin ella, si es que alguna vez puedo llegar a comprenderme del todo . Después de volver de allí algo me ha cambiado. En cierta manera, aunque resulte imperceptible, no soy el mismo. Soy algo más.

Chorradas espirituales mías a parte, creo sentirme afortunado al poder decir que he viajado y conocido lugares con ese embrujo. Concretamente dos ciudades muy distintas a primera vista: Toronto y París. Una pura modernidad y sofisticación; la otra arte en vivo y en directo. Sin embargo, ese carácter cosmopolita se presenta de diferente manera y no siempre va ligado a la tolerancia y la integración.

En calidad de visitante, pese a la sensación de comodidad , es evidente que no podré a hacerme una visión certera y completo de lo que supone vivir en esos sitios. Si la impresión obtenida cuaja con la realidad. No obstante, salirse en algunos momentos del rol de turista- residir en las afueras, pasar por calles en la que no se vean japoneses o gente con una guía en la mano - ayuda a apreciar pequeños detalles, no por ello dejando de ser sustanciales.

En Paris, por ejemplo, ir en metro permitía obtener una radiografía del estado de integración, aparentemente óptimo. Gente de todas las razas y colores, trajeada, dirigiéndose a sus respectivos trabajos, de abogados, ingenieros o ejecutivos. Al pasar por al lado de los colegios veia a chavales de todo tipo jugando juntos, en perfecta armonía. Llegados a ese punto me preguntaba con la mosca detrás de la oreja, donde quedaba la desigualdad racial que había dado lugar al estallido de una revuelta cuyas imágenes de quema de coches diarias habían dado la vuelta al mundo . Sin embargo, la pregunta no tardó en encontrar su respuesta.Los puestos de cajeros de super, de limpieza y otros igual de mal pagados era raro encontrar a algún blanquito. Estaban practicamente monopolizados por inmigrantes. Existía integración, pero no del todo completa.

En Toronto, la situación es, en mi opinión bastante diferente. Puede parecer en algún momento que la integración no es completa, pues es verdad que existen ciertos barrios , a primera vista guettos, como Chinatown, donde uno parece sentirse en algunos momentos en otro país, con los carteles de las tiendas todo en chino. Pero adentrándose un poco, se podía ver a gente de todas partes de la ciudad haciendo las compras allí o incluso la extraña presencia de una sinagoga. Por lo demás, la mayoría barrios y sus respectivas familias habitantes estaban conformados por gente de todas las razas.

El secreto de Toronto para atesorar en su esencia una atmósfera cosmopolita no reñida con el respeto mutuo entre culturas es innato. Fue fundado por inmigrantes hace a penas siglo y medio , y por ello la integración de nuevos pobladores es natural y poco conflictiva, pasando casi desapercibida, ya que desde su mismo origen la multiculturalidad ha formado parte de la esencia de esa urbe. En contrapartida, el París cosmopolita es fruto de una inmigración masiva desde las antiguas colonias francesa en apenas un siglo, lo cual ha supuesto un choque social traumático. Una transición de identidad, de esencia que todavía hoy, pese al tiempo transcurrido, no está del todo completada.

Nuestro país, y el resto del mundo occidental en mayor o menor medida va camino irreversiblemente a la convivencia multicultural. Independientemente de nuestro origen, compartimos queramos o no, una cultura común fruto de un proceso de globalización sin precedentes. Ese fondo común lo forma la humanidad completa y por su misma naturaleza universal no podemos escapar a su fuerza homogenizadora. De poco sirve mantener la raza, la lengua, o la cultura propia como un elemento discriminatorio y mejor sería emplearlo como un rasgo de diversa más, que nos enriquece a todos. Es en definitiva, un cambio, ni malo ni bueno. Plantea simplemente un mundo diferente. Sólo la manera de asimilar el cambio marcará la diferencia entre dar una solución a la discriminación racial o simplemente alentarla.






 
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martes, 18 de septiembre de 2007
El efecto magnolio

¿Nadie ha notado alguna vez como algo cuya existencia pasaba por alto de la noche a la mañana se convierte en algo de lo más común? Ya sean países, conflictos bélicos en lejanos pinares o ladrones de bancos con barba postiza, nos parece mentira como hasta entonces, incultos de nosotros, habíamos podido vivir sin saberlo. Menos mal que existen los medios para sacarnos de nuestra ignorancia dándonos en unos minutitos todo los datos imprescindibles para sentirnos informados. ¿O no es así?

Este curioso pensamiento y su inquietante pregunta corroborante me ha venido a la cabeza al recodar un anécdota veraniega que reflejo lo expuesto, aunque eso sí, en un ámbito individual. En agosto le regalaron a mis padres un pequeño magnolio. Al ver arbolito, pude jurar que aquella era la primera vez en que algo parecido se presentaba ante mis ojos. Mis conocimientos de botánica son limitados, propios de un estudiante de letras salido de la LOGSE, y por lo tanto me cuesta identificar algo que no sea un pino o un roble. Para aquellos que no lo conozcan, es una especie con hojas de forma elíptica y flores blancas de tamaño considerable y se puede presentar en forma de árbol o arbusto. Yo, ante la incredulidad de algunos, ratificaba mi completa ignorancia, de la que no iba a tardar en percatarme. Desde aquella jornada, no pase un día sin verlo. En alamedas, jardines particulares, parques, fuera donde fuera, allí había un magnolio, cons sus hojitas y florecitas. Llegado a cierto punto, además de considerar seriamente en ir al psiquiatra, empecé a pensar en todo cuya existencia ignoramos, pese a estar incluso delante de nuestras narices. Todo de lo que no perdemos sin darnos cuenta o inconscientemente obviamos de alguna manera.

Este premisa, planteada en el ámbito de la comunicación de masas, puede contener aspectos inquietantes. Es indudable que ahora más que nunca disponemos de más información y medios de acceder a ella. Están en todas partes, hasta en las bocas de metro, donde se reparten periódicos gratuitos. En apariencia estamos mejor informados. Nos sentimos informados. Esa tranquilidad de poder saberlo todo en cualquier momento. ¿Perfecto, verdad? En mi opinión, solo en apariencia.

Sin contar que cada vez más se aglutinan en torno a grandes empresas de comunicación, cada cual servidor de unos intereses, los medios en su día a día hacen una gran criba de noticias y de datos. Sería un proceso normal, incluso higiénico, si no fuera porque la principal fuente de noticias ( en algunos casos única) de los medios son unas pocas agencias. ¿ Acaso no da la impresión al ver los diferentes telediarios que son diferentes representaciones de un mismo todo? Esto no deja de ser preocupante que además de a la gente de a pie alcance a lo medios. La facilidad para obtener información hace perder el interés en informarse. Está cerca en todos lados, nos bombardean por todos lados con lo mismo. Este fenómeno presenta una doble contrapartida. Por una parte,nos autodesinformamos por no buscar más que las noticias que nos dan, limitando nuestro conocimiento de la realidad. Por otro lado, el hecho de que todos los medios digan lo mismo refuerza la idea de que la información dada es la suficiente y dificulta instintivamente su cuestionamiento y el impulso de buscar más.

Bueno, y todo esta disertación a partir de un maldito árbol. Al final voy a acabar medio chalado. Ahora me voy a descansar, antes de que se me fundan los plomos.









 
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domingo, 16 de septiembre de 2007
Operación retorno
La verdad que ya era hora. Aquí estoy, algo tarde lo sé, de vuelta, aunque por estos lares no creo que nadie me eche de menos. Todavía no han acabado mis vacaciones- hasta el 24 no tengo clase- pero si que he dedicido dar fin a mi descanso intelectual. Tenía que preparar la puesta a punto de esa cosa que porto sobre mis hombros antes de que empezara a ignorar su anterior existencia.

Atrás queda ya un veranito de lujo, intenso donde he tenido la oportunidad de conocer gente y lugares maravillosos. Ese mesecito de agosto en Galicia, en el pueblo de mis abuelos, donde no he parado quieto. Fiestas, berbenillas donde se oye la canción de la cabritiña, y escapadas nocturnas al rio figuran entre algunas vivencias a destacar.

Y que decir de mi viaje furtivo a París. Pues como para muchos que han ido ya una ciudad impresionante . Pero hay que ir allí para saber hasta que punto es cierto. No lo cronometré pero puedo decir que no cerré en un buen rato la boca de puro asombro al ver la resplandeciente fachada de Louvre, en cuyo interior se hayan caso todas las joyas pictóricas conocidas por mi. Y que decir de lo demás. En definitiva, sin palabras.



Después de unos días en casita la rutina ha vuelto a mi. Matrículas, cursos de idiomas, en definitiva toda la planificación completa de un año de quebraderos de cabeza se ha presentado ante mi y como siempre debo resignarme a abordarla. Ahora que las clases se acercan añoro la sensación de no conocer el día de la semana en que me encontraba, y ni tan siquiera importarme lo más mínimo. Esa sensación de flotar en el vacío, en una armonía total con mi entorno, en plan American Beauty, tumbadito en la cama, contemplando a una bella mujer mientras los pétalos de rosas caían sobre mi. Como decían en Eternal Sunshine, el mundo olvidándose de mi y yo olvidándome del mundo.

Así, en estas jornadas, siento lo mismo que al despertar de un feliz sueño. El mismo temor. Como buen sueño con el contacto de la consciencia tiene una peligrosa tendencia a volatizarse aquellas vivencias que parecieron reales. En el caso de mi veranito, sí lo fueron, obviamente. Por ello, he decidido hacer una terapia peculiar útil y compatible con mi vuelta a la rutina. Atrapar mis memorias estivales aúm frescas sobre un pedazo de papel (digital) para que no sean presa un vendaval de preocupaciones cotidianas menos gratas y sin duda más incómodas.

En los siguientes posts he decido sacar partida de mis vivencias propias utilizándolas como carne de lectura mientras voy engrasando mi maquinaria mental para mayores esfuerzos intelectuales. Sabreís lo que hizé el último verano. Proximamente, en los peores blogs.


 
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