lunes, 15 de octubre de 2007
Arte al natural
Una de los efectos secundarios de mi viaje a París fue el despertar de un irrefrenable pero totalmente insospechado amor al arte. Fue visitar el Louvre, y quedarme totalmente impresionado. Tanta belleza le hace a uno sentirse sobrecogido por no decir absorto. O visitar Orsay y dejar de renegar del impresionismo y demás corrientes pictóricas del s.XIX para delante. Grandes nombres o completos desconocidos daba igual. Al final, el resultado, la sensación extraída era la misma. Completa admiración.
Desde entonces creo firmemente que la mejor forma de ver el arte es al natural, en vivo y en directo. El juzgar a un cuadro a partir de una foto es completamente erróneo. De ver un Van Gogh en una instantánea a contemplar de cerca la imagen primigenia hay un mundo. Se pierde en esa representación fría la inquietud y fuerza que impregna los trazos del holandés, perceptibles a corta distancia.
Yo, que entré en el Louvre, practicamente para tener la oportunidad de ver uno de mis cuadros favoritos, la libertad guiando al pueblo, de Delacroix, creo que hice la visita más oportuna y provechosa de mi estancia en la ciudad de las luces. Lo vi allí, a la imagen que había aprendido admirar en las aburridas clases de filosofía, con sus dimensiones titánicas que yo consideraba insospechadas (algo como de 3 metros de altura, por lo menos), y con esa masa de gente que parece estar a punto de salirse de un momento a otro de cuadro. Y no sólo ese, después docenas más de ellos. Tanto me gusto la visita que no dudé en volver a repetir.
Ahora solo puedo conservar de mi cuadro predilecto una instantánea o un rincón de mi memoria. Por ello y a modo de homenaje y de recordatorio, dejo una simple foto del lienzo. Espero que a quien le guste al verlo en foto y se pase por Paris, no dude en entrar para ver ese y otros muchos más.