sábado, 30 de junio de 2007
Toronto

Es mi ciudad favorita, lo confieso.De la que guardo mejores recuerdos, y de la que de alguna manera me ha marcado.
Todo empezó en una búsqueda por encontrar un lugar para mejorar mi inglés hablado, algo renqueante. La verdad aquel verano no me apetecía endosarme otro mes de clases, pero si que tenia ganas de ir al extranjero y después de sopesar pros y contras me decidí a viajar, y tras darle vueltas al coco me decidí por Toronto.
Todo empezó en una búsqueda por encontrar un lugar para mejorar mi inglés hablado, algo renqueante. La verdad aquel verano no me apetecía endosarme otro mes de clases, pero si que tenia ganas de ir al extranjero y después de sopesar pros y contras me decidí a viajar, y tras darle vueltas al coco me decidí por Toronto.
Hasta aquel entonces, poco sabía yo de aquella urbe y el país donde se encontraba. De Canadá,conocía de milagro cual era la capital (Otawa) y poco más a parte de la policía montada y los castores. Se presentaba ante mi un mundo nuevo a explorar. Dispuesto a sorprenderme. Y sin duda alguna lo logró.
Podría hablar de muchas cosas de mi estancia de allí. De que por fin allí comprobé que las rosquillas y el bus de los Simpons (con Otto incluido) existen, de los 8 conejos de mi host family, de la plaga de ardillas, de sus enormes rascacielos, de las casas flotantes y un largo etcétera. Pero ante todo me quedo con las vivencias compartidas con mis compañeros de mi viaje y con habitantes de aquella cosmopolita ciudad: El (brevísimo) baño en el lago Ontario con el agua 6 grados, los saltos del trampolín, la fiesta latina en Dufferin, los partidos de futbol contra los gabachos, las comidas en restaurantes de todas las nacionalidades vistas y por haber, las partidas de poker con fichas de plástico, de la juerga en un sótano de Finch y otros momentos que quedarán guardados a buen recaudo en mi memoria.
También fue el primer lugar en el extranjero donde no me sentí como un extranjero, valga la redundancia. Cuando entraba en el metro, no veía a más de dos del mismo color. Entraba a una tienda con la misma naturalidad que en mi tierra natal. En definitiva, me sentía de allí. Y de hecho creo que de alguna manera, ahora, aquí, a 8.000 km, lo sigo siendo. Y no creo que deje de serlo.Nunca. En Toronto encontré a una pequeña parte de mi mismo, de lo que soy y lo que seré.
Por ella, y por todo lo que implicó mi estancia allí, va este texto.


