jueves, 8 de noviembre de 2007
Censura
Absurda, inútil, reprochable. Estos son algunos de los adjetivos que daría a la censura. No sólo hablo de la tradicional, de la que para en Mogambo evitar el adulterio acaban hablando de incesto. Aquí incluyo a la actual. A la de lo políticamente correcto, o mejor dicho lo políticamente absurdo.
Cada vez más y cual plaga bíblica asociaciones, colectivos, federaciones, grupos polítcos y sectas de todo color y pelaje movidos por el afán de protagonismo o peor aún, por el revanchismo no dudan en poner el grito en el cielo al sentirse aludidos o afectados ante cualquier comentario o hecho de lo más peregrino. Que una cantante enseña un pecho, medio país, (curiosamente donde aparecieron revistas como la Playboy) se le echa encima vampirilmente tildándola de blasfema y mil burradas más. Esto no sería problema si los políticos que llenan con sus burradas y barbaridades de todo tipo los telediarios les hicieran caso. Puestos a caer bien a todo el mundo son capaces de borrar la huella de cuarenta años de historia (que por traumática o asquerosa que sea no va a dejar de serlo), dejándola para que el personal después la pueda manipular a su gusto.
Así se llega a que la libertad de expresión se convierta en la de represión. La legitimización política de esas reacciones no lleva a otra cosa que a limitar el derecho de cada uno de decir lo que piensa, intentando establecer un pensamiento homogéneo que promueve a la intolerancia hacia lo diferente. El grado de presión de esta censura es tal que por ejemplo, por un simple corte de mangas a un amigo mío le rechazaron su vídeo en un concurso. Menuda desfachatez.
Pero lo peor no está aquí. Luego está el doble rasero. Me encanta cada vez que escucho a las asociaciones feministas protestar contra el anuncio de turno y obvian a revistas como la Cosmopolitan. Bajo el lema de "la mujer que está cambiando el mundo", esta publicación vende camuflada la imagen de una fashion victim cuya idea de libertad no pasa de la ropa que pueda comprar o de las múltiples formas de montártelo con tu pareja. O cuando bajo el escudo de la denuncia social ciertos programas que van de puritanos en algunos asuntos caen en el puro sensacionalismo y hacen carnaza del asunto.
Menos mal que todavía queda Internet, esa especie de salvaje al que todavía no le han echado la mano del todo. Aunque me temo que desgraciadamente no va ser por mucho tiempo.
Así se llega a que la libertad de expresión se convierta en la de represión. La legitimización política de esas reacciones no lleva a otra cosa que a limitar el derecho de cada uno de decir lo que piensa, intentando establecer un pensamiento homogéneo que promueve a la intolerancia hacia lo diferente. El grado de presión de esta censura es tal que por ejemplo, por un simple corte de mangas a un amigo mío le rechazaron su vídeo en un concurso. Menuda desfachatez.
Pero lo peor no está aquí. Luego está el doble rasero. Me encanta cada vez que escucho a las asociaciones feministas protestar contra el anuncio de turno y obvian a revistas como la Cosmopolitan. Bajo el lema de "la mujer que está cambiando el mundo", esta publicación vende camuflada la imagen de una fashion victim cuya idea de libertad no pasa de la ropa que pueda comprar o de las múltiples formas de montártelo con tu pareja. O cuando bajo el escudo de la denuncia social ciertos programas que van de puritanos en algunos asuntos caen en el puro sensacionalismo y hacen carnaza del asunto.
Menos mal que todavía queda Internet, esa especie de salvaje al que todavía no le han echado la mano del todo. Aunque me temo que desgraciadamente no va ser por mucho tiempo.

Esta sociedad es una mierda. Y cada día huele peor. Yo, por de pronto, ni veo la tele ni compro revistas. No soporto ninguna de las dos cosas.