miércoles, 19 de septiembre de 2007
Patrias en lugares ajenos
Me encanta viajar a lugares cosmopolitas. Rincones del mundo, donde el color no es un estigma que separa lo propio de lo ajeno. El nosotros y ellos. Me siento cómodo al andar por las calles de esas ciudades, como uno más, confundido entre gentes tan distintas, de tantas culturas diferentes diluyéndose permanentemente en armonía en un mismo todo: la humanidad. Es un extraño sentimiento, percibir en la pura multiculturalidad el poder ser ya no solo de cualquier nacionalidad, sino de una única universalidad. Nuestro aparente origen por un momento deja de tenerse en cuenta.
Puedo hablar sin desconfianza con cualquiera, sin sentirme extranjero, pues mi acento no tiene nada en particular:seguramente será igual de distinto que el de todos los demás. En ocasiones incluso dejo de ser un turista enmascarado en la multitud, porque empiezo a pensar a comportarme como uno de allí. Frecuento los mismos lugares, doy trascendencia a pequeños detalles. Dejo atrás el escaparate de monumentos para internarme en el corazón de la ciudad. Para escuchar su latido. Es entonces cuando uno descubre verdaderamente cómo son los lugares. Su esencia. Su magia. El ritmo que sigue, el tesoro que esconde. Y es que, como dice el tópico, lo importante está en el interior.
Se establece un vínculo entre ese lugar y yo. Al irme dejo allí un pedazillo de alma y el en mí algo de su espíritu. De alguna manera nos complementamos. No creo poder entenderme sin ella, si es que alguna vez puedo llegar a comprenderme del todo . Después de volver de allí algo me ha cambiado. En cierta manera, aunque resulte imperceptible, no soy el mismo. Soy algo más.
Chorradas espirituales mías a parte, creo sentirme afortunado al poder decir que he viajado y conocido lugares con ese embrujo. Concretamente dos ciudades muy distintas a primera vista: Toronto y París. Una pura modernidad y sofisticación; la otra arte en vivo y en directo. Sin embargo, ese carácter cosmopolita se presenta de diferente manera y no siempre va ligado a la tolerancia y la integración.
En calidad de visitante, pese a la sensación de comodidad , es evidente que no podré a hacerme una visión certera y completo de lo que supone vivir en esos sitios. Si la impresión obtenida cuaja con la realidad. No obstante, salirse en algunos momentos del rol de turista- residir en las afueras, pasar por calles en la que no se vean japoneses o gente con una guía en la mano - ayuda a apreciar pequeños detalles, no por ello dejando de ser sustanciales.
En Paris, por ejemplo, ir en metro permitía obtener una radiografía del estado de integración, aparentemente óptimo. Gente de todas las razas y colores, trajeada, dirigiéndose a sus respectivos trabajos, de abogados, ingenieros o ejecutivos. Al pasar por al lado de los colegios veia a chavales de todo tipo jugando juntos, en perfecta armonía. Llegados a ese punto me preguntaba con la mosca detrás de la oreja, donde quedaba la desigualdad racial que había dado lugar al estallido de una revuelta cuyas imágenes de quema de coches diarias habían dado la vuelta al mundo . Sin embargo, la pregunta no tardó en encontrar su respuesta.Los puestos de cajeros de super, de limpieza y otros igual de mal pagados era raro encontrar a algún blanquito. Estaban practicamente monopolizados por inmigrantes. Existía integración, pero no del todo completa.
En Toronto, la situación es, en mi opinión bastante diferente. Puede parecer en algún momento que la integración no es completa, pues es verdad que existen ciertos barrios , a primera vista guettos, como Chinatown, donde uno parece sentirse en algunos momentos en otro país, con los carteles de las tiendas todo en chino. Pero adentrándose un poco, se podía ver a gente de todas partes de la ciudad haciendo las compras allí o incluso la extraña presencia de una sinagoga. Por lo demás, la mayoría barrios y sus respectivas familias habitantes estaban conformados por gente de todas las razas.
El secreto de Toronto para atesorar en su esencia una atmósfera cosmopolita no reñida con el respeto mutuo entre culturas es innato. Fue fundado por inmigrantes hace a penas siglo y medio , y por ello la integración de nuevos pobladores es natural y poco conflictiva, pasando casi desapercibida, ya que desde su mismo origen la multiculturalidad ha formado parte de la esencia de esa urbe. En contrapartida, el París cosmopolita es fruto de una inmigración masiva desde las antiguas colonias francesa en apenas un siglo, lo cual ha supuesto un choque social traumático. Una transición de identidad, de esencia que todavía hoy, pese al tiempo transcurrido, no está del todo completada.
Nuestro país, y el resto del mundo occidental en mayor o menor medida va camino irreversiblemente a la convivencia multicultural. Independientemente de nuestro origen, compartimos queramos o no, una cultura común fruto de un proceso de globalización sin precedentes. Ese fondo común lo forma la humanidad completa y por su misma naturaleza universal no podemos escapar a su fuerza homogenizadora. De poco sirve mantener la raza, la lengua, o la cultura propia como un elemento discriminatorio y mejor sería emplearlo como un rasgo de diversa más, que nos enriquece a todos. Es en definitiva, un cambio, ni malo ni bueno. Plantea simplemente un mundo diferente. Sólo la manera de asimilar el cambio marcará la diferencia entre dar una solución a la discriminación racial o simplemente alentarla.
Puedo hablar sin desconfianza con cualquiera, sin sentirme extranjero, pues mi acento no tiene nada en particular:seguramente será igual de distinto que el de todos los demás. En ocasiones incluso dejo de ser un turista enmascarado en la multitud, porque empiezo a pensar a comportarme como uno de allí. Frecuento los mismos lugares, doy trascendencia a pequeños detalles. Dejo atrás el escaparate de monumentos para internarme en el corazón de la ciudad. Para escuchar su latido. Es entonces cuando uno descubre verdaderamente cómo son los lugares. Su esencia. Su magia. El ritmo que sigue, el tesoro que esconde. Y es que, como dice el tópico, lo importante está en el interior.
Se establece un vínculo entre ese lugar y yo. Al irme dejo allí un pedazillo de alma y el en mí algo de su espíritu. De alguna manera nos complementamos. No creo poder entenderme sin ella, si es que alguna vez puedo llegar a comprenderme del todo . Después de volver de allí algo me ha cambiado. En cierta manera, aunque resulte imperceptible, no soy el mismo. Soy algo más.
Chorradas espirituales mías a parte, creo sentirme afortunado al poder decir que he viajado y conocido lugares con ese embrujo. Concretamente dos ciudades muy distintas a primera vista: Toronto y París. Una pura modernidad y sofisticación; la otra arte en vivo y en directo. Sin embargo, ese carácter cosmopolita se presenta de diferente manera y no siempre va ligado a la tolerancia y la integración.
En calidad de visitante, pese a la sensación de comodidad , es evidente que no podré a hacerme una visión certera y completo de lo que supone vivir en esos sitios. Si la impresión obtenida cuaja con la realidad. No obstante, salirse en algunos momentos del rol de turista- residir en las afueras, pasar por calles en la que no se vean japoneses o gente con una guía en la mano - ayuda a apreciar pequeños detalles, no por ello dejando de ser sustanciales.
En Paris, por ejemplo, ir en metro permitía obtener una radiografía del estado de integración, aparentemente óptimo. Gente de todas las razas y colores, trajeada, dirigiéndose a sus respectivos trabajos, de abogados, ingenieros o ejecutivos. Al pasar por al lado de los colegios veia a chavales de todo tipo jugando juntos, en perfecta armonía. Llegados a ese punto me preguntaba con la mosca detrás de la oreja, donde quedaba la desigualdad racial que había dado lugar al estallido de una revuelta cuyas imágenes de quema de coches diarias habían dado la vuelta al mundo . Sin embargo, la pregunta no tardó en encontrar su respuesta.Los puestos de cajeros de super, de limpieza y otros igual de mal pagados era raro encontrar a algún blanquito. Estaban practicamente monopolizados por inmigrantes. Existía integración, pero no del todo completa.
En Toronto, la situación es, en mi opinión bastante diferente. Puede parecer en algún momento que la integración no es completa, pues es verdad que existen ciertos barrios , a primera vista guettos, como Chinatown, donde uno parece sentirse en algunos momentos en otro país, con los carteles de las tiendas todo en chino. Pero adentrándose un poco, se podía ver a gente de todas partes de la ciudad haciendo las compras allí o incluso la extraña presencia de una sinagoga. Por lo demás, la mayoría barrios y sus respectivas familias habitantes estaban conformados por gente de todas las razas.
El secreto de Toronto para atesorar en su esencia una atmósfera cosmopolita no reñida con el respeto mutuo entre culturas es innato. Fue fundado por inmigrantes hace a penas siglo y medio , y por ello la integración de nuevos pobladores es natural y poco conflictiva, pasando casi desapercibida, ya que desde su mismo origen la multiculturalidad ha formado parte de la esencia de esa urbe. En contrapartida, el París cosmopolita es fruto de una inmigración masiva desde las antiguas colonias francesa en apenas un siglo, lo cual ha supuesto un choque social traumático. Una transición de identidad, de esencia que todavía hoy, pese al tiempo transcurrido, no está del todo completada.
Nuestro país, y el resto del mundo occidental en mayor o menor medida va camino irreversiblemente a la convivencia multicultural. Independientemente de nuestro origen, compartimos queramos o no, una cultura común fruto de un proceso de globalización sin precedentes. Ese fondo común lo forma la humanidad completa y por su misma naturaleza universal no podemos escapar a su fuerza homogenizadora. De poco sirve mantener la raza, la lengua, o la cultura propia como un elemento discriminatorio y mejor sería emplearlo como un rasgo de diversa más, que nos enriquece a todos. Es en definitiva, un cambio, ni malo ni bueno. Plantea simplemente un mundo diferente. Sólo la manera de asimilar el cambio marcará la diferencia entre dar una solución a la discriminación racial o simplemente alentarla.