martes, 17 de julio de 2007
Una teoría peculiar
¿Cómo sabemos lo mucho que en realidad apreciamos a alguien? Nos encontramos con montones de personas a lo largo de nuestra vida. Unas nos caen mal y otras bien. Pero solo unos pocos dejan un recuerdo imborrable, ya sea para mal o para bien. Podemos habernos topado con muchos cabrones o con muchos majos. Pero ¿cómo podemos señalar a alguien en nuestra memoria como el más majo o el más cabrón?. Esta es la cuestión a la que quiero responder.

Lo primero creo que a la hora de hacerlo se comete un doble error: Primero, clasificamos a las personas por rasgos generales obtenidos a partir de impresiones mediante las cuales determinamos de alguna manera nuestra aversión o afinidad hacia alguien. Y segundo, obviamos los detalles-a veces insignificantes pero no por ello menos carentes de importancia- que hacen distinguirse a las personas convirtiéndoles en individuos únicos dotados de una personalidad única e distinguible. Rasgos perceptibles en mayor o menor proporción a nuestro ojo según su capacidad para irritarnos o agradarnos. Así, a partir de estas impresiones, nacen los sentimientos hacia esa persona, que según su grado de alcance, nos marcan de alguna manera, reservándole aunque no lo pretendamos, el derecho de tener un rincón en nuestra memoria.

Sin quererlo,repito. La memoria es caprichosa y los más intensos recuerdos florecen de forma traicionera, en muchos casos sin tan siquiera buscarlos. Basta el estímulo más insospechado para hacer vivido un fragmento de nuestra vida en el que participó alguien. Un instante pasado, que según su magnitud, se nos hace más a menos presente. Evocamos sensaciones, conversaciones, e imágenes con las que reconstruimos instintivamente, como uno puzzle que hemos hecho ya unas cien veces. Después se vuelven a ir sin saber cuando volverán.

Es cierto que el número de momentos compartidos así como el tiempo que llevamos en relación con alguien que aumenta la posibilidad de recordar algo, pero esta afirmación es puramente estadística ,y por ello no se puede considerar como norma universal aplicable a la mente humana. El tiempo no es factor tan fundamental como puede serlo a la huella dejada por el acontecimiento a el significado consciente o inconsciente que le otorgamos.

Así fue como hace unos días, en un aburrido viaje en coche, me dio un ataque de nostalgia mientras miraba las nubes, y me acordé de mucha de la gente-toda es imposible- que ha pasado por mi vida. En ese viaje en el espacio y el tiempo me asaltaron montones de caras e historias compartidas. Acabé buscando una pauta o una causa para identificar a partir de los recuerdos cuales son las personas que más me han marcado. Así llegue a la peculiar teoría expuesta en los párrafos anteriores.

Para acabar, quiero dedicar este texto ha todas las personas que han formado, forman o formarán parte de mi vida, para bien o para mal. Gracias a las experiencias compartidas, a la huella dejada en mi ser, me han ayudado, pretendiéndolo o no, a ser más sabio, más completo, más duro, o más sensible y a ver las cosas con otros ojos, desde otra perspectiva. Espero seguir aprendiendo día a día de los demás y coleccionando recuerdos que evocar mientras contemplo las nubes.




 
posted by el capitan alalegre at 1:47 | Permalink |


1 Comments:


At 17 de julio de 2007 a las 7:49, Blogger Regina

Eso de mirar las nubes incansablemente mientras me invade la nostalgia también lo hago yo.

Te repondo a la pregunta que haces en primer lugar: yo sé que verdaderamente aprecio a alguien cuando soy capaz de hacer algo por esa persona y no pedirle nada a cambio. Siempre pido algo a cambio de la gente que no me importa, aunque sea una sonrisa, no tiene por qué ser algo material. Cuando de verdad aprecio y quiero a alguien nunca espero una respuesta ni una recompensa.

Si te sirve para tu teoría...